Un perro rodeado de animales salvajes en un paisaje devastado, con el texto "El planeta no es nuestro: y nunca lo fue".

El planeta no es nuestro: y nunca lo fue

¿Cómo justificaríamos ante otras especies todo lo que les hemos arrebatado?

Arthur Schopenhauer escribió: “Vergüenza de la moral que es digna de parias, y que falla en reconocer la esencia eterna que existe en cada cosa viva…”.

Aunque esta frase tiene casi dos siglos, sigue siendo una crítica vigente a nuestra relación con las demás especies.

¿Cómo es posible que nuestra moral, supuestamente avanzada, siga negándoles a otros seres vivos el derecho a coexistir dignamente?

El especismo y el antropocentrismo son la base de esta moral.

Nos hemos adjudicado el papel de dueños del planeta, imponiendo normas a un mundo que nunca nos perteneció.

Irónicamente, la especie que más presume de inteligencia y dominio es también la que más daño ha causado a los ecosistemas y vínculos multiespecie.

Pensemos en los perros.

No fueron creados por nosotros; se acercaron a nuestras aldeas buscando colaboración y mutualismo.

Sin embargo, esa oferta fue traicionada: dejaron de ser compañeros y pasaron a ser moldeados para cumplir nuestras expectativas, relegados a vivir en un entorno muchas veces opresivo y ajeno a su naturaleza.

Hoy, todavía decidimos sobre su libertad, emociones y vida cotidiana.

¿Es justo pedir tanto sin estar dispuestos a ceder nada?

Les imponemos reglas humanas cuando lo que necesitan es que entendamos su lenguaje, respetemos su tiempo y valoremos su individualidad.

La empatía no es un ideal abstracto; es una práctica diaria que requiere observar, escuchar y adaptar nuestra convivencia para crear un vínculo real, no uno basado en el control o en lo que nos conviene.

Pero esto no es solo sobre ellos.

Es fácil justificar nuestra forma de vida cuando evitamos mirar a los ojos de quienes comparten este planeta.

Pero si lo hiciéramos, ¿qué veríamos?

¿Cómo explicarles que el lugar que llaman hogar lo estamos destruyendo?

El cambio no empieza con grandes gestos ni revoluciones.

Empieza con algo tan simple y tan difícil como asumir responsabilidad.

Preguntarnos: ¿Qué estoy dispuesto a cambiar para que este vínculo, este planeta, sea mejor para todos?

Porque si no estamos dispuestos a cambiar nada, quizá lo que debería cambiar es nuestra moral.

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