Silueta de una persona y un perro con círculos de energía en el pecho, con el texto "¿Amamos de verdad a nuestros perros?".

¿Amamos de verdad a nuestros perros?

El amor de la conciencia

Sobre cómo amamos —de verdad— a nuestro perro

Hay dos amores que se parecen mucho por fuera y son muy distintos por dentro.

En el amor entre personas existe un amor que nace del ego, del personaje, del apego que tiene miedo a perder al otro, de la necesidad de ser correspondido de una forma muy concreta para sentirse seguro. Y existe otro amor, el amor del alma, que no necesita nada a cambio para sostenerse: ama desde el desapego, desde la libertad de dejar que el otro sea quien es — y ahí, el otro se convierte en un espejo que te recuerda quién eres.

El primero es el amor pasional. Es un amor hecho de expectativas: expectativas nuestras hacia el otro, y expectativas del otro hacia nosotros. Esto no cambia mucho entre una persona y un perro — es la misma estructura.

De hecho, ahí está buena parte de la resistencia que genera comparar el amor hacia una persona con el amor hacia un perro: se da por hecho que el amor hacia un perro solo puede ser instintivo, y que hablar de alma o de conciencia para él es exagerar. Pero tanto a las personas como a los perros los amamos de las dos formas — desde la expectativa, o desde la conciencia — y muchas veces, sin darnos cuenta, elegimos con nuestro perro exactamente la misma forma con la que hemos aprendido a amar a las personas.

El amor pasional puede necesitar que tu perro se porte bien para que tú te sientas un buen tutor. Puede necesitar que te haga caso para que tú te sientas en control. Puede necesitar que esté cerca para que tú no te sientas solo. Es un amor real —no lo estoy negando— pero depende de que el otro cumpla su función. Cuando deja de cumplirla, el amor tiembla, la persona se aleja, y a veces aparece el sufrimiento.

El segundo es distinto. No necesita nada del otro para sostenerse. No te pide que tu perro esté tranquilo, ni que sea perfecto en la puerta cuando llega alguien. Te pide solamente que lo veas tal como es, sin la lista de lo que debería ser.

A este segundo amor yo lo llamaría amor de la conciencia. Podría llamarlo también amor del alma —me gusta la palabra— pero “alma” arrastra siempre un matiz religioso, y prefiero que esto se entienda sin necesidad de creer en nada en concreto.

Y aquí está el punto clave: amar así tiene un coste. Cuando amas con la conciencia, empiezas a mirar hacia dentro. Y mirar hacia dentro es tan complicado que la mayoría de la gente fracasa en sostenerlo — nos pasa con la meditación, que obliga a mirar dentro, y nos pasa con estar a solas con nosotros mismos, que también obliga. Mirar dentro abre muchas puertas, pero tiene un precio.

El amor pasional, en cambio, te aleja de ti mismo: a veces te transformas tanto para encajar en las expectativas del otro que dejas de reconocerte.

Amar a nuestros perros desde la conciencia hace justo lo contrario: te acerca a ti mismo. Cuando disfrutas junto a tu perro de un momento de puro presente, ahí descubres si tú también sabes estar en el presente, o si todavía no has aprendido. Y cuando amas a un perro con dificultades, te obligas a mirar cómo gestionas las tuyas propias, para poder sostener también las suyas — si te incomoda un perro que usa la agresividad en muchas situaciones, ahí sale a la luz la relación que tú tienes con la agresividad; si la usa por miedo, ahí sale la relación que tienes con tus propios miedos.

Para acompañar de verdad a un perro, si lo amamos con la conciencia, no podemos dejar pendientes las cosas que tenemos sin resolver con nosotros mismos. Y esto, muchas veces, es justo lo que nos convence de tomar otros caminos de acompañamiento — caminos que no nos obligan a hacer ese proceso interno.

Ese otro camino también es amor. Pero no es el amor de la conciencia. El amor de la conciencia es el que existe cuando estamos dispuestos a vernos reflejados en lo que vivimos con nuestro perro — y estar dispuestos a eso, aunque también abra puertas al sufrimiento, es una de las formas más potentes que existen para descubrir cosas de nosotros mismos que habíamos dejado pendientes, y que quizá valía la pena volver a recordar.

Con los perros es más fácil practicar el amor de la conciencia que con las personas.

Con las personas, amar sin necesitar es un trabajo de años. Con un perro, ya está casi todo hecho por su parte: él no tiene personaje que sostener, no está actuando un papel para gustarte, no calcula qué versión de sí mismo le conviene mostrarte hoy. Lo único que falta para completar la ecuación… eres tú.

La prueba está en un gesto muy concreto, no en una teoría: ¿qué te pasa por dentro cuando tu perro hace exactamente lo contrario de lo que esperabas delante de otra persona? Si sientes vergüenza, o la urgencia de corregirlo ahí mismo, ahí está hablando el amor que necesita. Si sientes curiosidad por lo que le está pasando, sin que tu imagen se sienta amenazada, ahí está el otro.

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