Un veterinario escribe de noche junto a unas jaulas con perros, con el texto "El punto ciego del castigo".

El punto ciego del castigo

Lo que sí es correcto, y por qué no basta

En condicionamiento operante, castigo y aversivo son categorías funcionales, no categorías emocionales. Castigo es cualquier consecuencia que reduce la frecuencia futura de una conducta, ya sea añadiendo algo (castigo positivo) o retirando algo (castigo negativo). Aversivo es cualquier estímulo que el individuo trabajaría para evitar o escapar. Ninguna de las dos definiciones exige que haya dolor físico o miedo intenso: basta con que el estímulo resulte, en algún grado, desagradable o evitable para ese individuo. Son categorías que se definen por su efecto sobre la conducta, no por la intensidad de la experiencia interna.

Tomemos el ejemplo de un grito. Por sí mismo, ya suele resultar desagradable para el perro — es un estímulo que, sin necesidad de ninguna historia previa, tiende a resultar molesto o directamente sobresaltante. Pero además, en muchos casos el grito no actúa solo por eso: si en el pasado a ese mismo tono le han seguido otras formas de presión, o directamente maltrato, el perro deja de reaccionar solo al sonido y empieza a reaccionar a lo que ha aprendido que ese sonido predice. En ese caso, la psicología del aprendizaje tiene un nombre para esto: castigo condicionado o secundario — el estímulo se ha cargado de un significado añadido por asociación. Para hablar de castigo en sentido operante no basta con que la conducta se interrumpa en ese instante: la consecuencia debe reducir su probabilidad futura en condiciones comparables. Esa función no se decide por la intención de quien actúa ni por el nombre que dé a lo que hace, sino por el efecto que la consecuencia llega a tener en la conducta del individuo. Solo cuando se cumple esto se puede decir, con propiedad, que ese grito está funcionando como castigo — y aunque muchas veces vaya acompañado de verdadero miedo, para cumplir esa función no hace falta, en sí mismo, implicar dolor físico ni miedo intenso.

El problema no está en esta definición. Está en dar por hecho que, una vez fijada la definición académica, todo lo que se construye encima de ella hereda automáticamente su validez. El problema aparece cuando una definición funcional correcta se utiliza para sostener conclusiones que esa definición, por sí sola, no contiene. Que una consecuencia reduzca una conducta permite clasificar su función; no demuestra que sea una herramienta neutral, necesaria ni éticamente aceptable en cualquier relación, con cualquier perro o en cualquier momento. La eficacia descriptiva de una categoría no legitima automáticamente su uso. La premisa es válida. El salto no.

De dónde viene esa definición, y qué le falta

Buena parte de la arquitectura del refuerzo y el castigo tal como la conocemos viene de los estudios clásicos de laboratorio sobre condicionamiento operante. Y en esos estudios, el elemento social prácticamente no está presente: el animal suele estar aislado, sin grupo familiar, sin vínculo con quien administra el estímulo, sin que el aprendizaje de tipo vicario —por observación o imitación— formara parte del diseño, sin nada de lo que hoy sabemos sobre neurofisiología del contacto, del apego, de la amistad entre individuos de una misma especie. Ese procedimiento resulta útil para identificar regularidades, pero obliga a ser prudentes cuando se traslada la lectura al perro que vive en una familia multiespecie. Allí, la historia compartida, la identidad de los participantes y el vínculo no son ruido alrededor del aprendizaje: forman parte del fenómeno que intentamos comprender.

La visión de la dominancia en lobos que durante décadas se popularizó —y que el propio David Mech contribuyó primero a difundir y después a revisar— ofrece una advertencia útil, no porque sea un caso idéntico, sino porque muestra cuánto puede cambiar una lectura cuando cambian la composición del grupo, el espacio, los vínculos y las condiciones de vida. Aquella visión procedía en gran medida de observaciones de lobos no emparentados que convivían en cautividad, en condiciones muy distintas a las de un grupo familiar salvaje: más competencia por recursos y más agresividad de la que existe en la naturaleza entre individuos de la misma familia. Años después, el propio Mech reconoció que había que revisar esa lectura, precisamente porque las condiciones de aquellas observaciones no correspondían a las de una manada natural. Si cambias los elementos del contexto, cambian los resultados. Eso no es una opinión, es metodología básica. La lección no es que el laboratorio carezca de valor, sino que ningún resultado puede separarse de las condiciones en las que fue producido ni trasladarse sin más a una organización social distinta.

El malentendido sobre la educación respetuosa

A veces pienso que buena parte del rechazo a la educación respetuosa viene de que, probablemente, estemos hablando de cosas distintas: a lo mejor quien la rechaza no ha terminado de entender en qué consiste realmente, y se ha quedado con una caricatura de ella — la idea de que en la educación respetuosa no se puede decir que no al perro, no se pueden construir límites, no te puedes enfadar. Es exactamente lo contrario. Basta pensar en cualquier relación humana —una pareja, una relación con los padres— para ver que ahí también hay enfado, también hay límites, también hay conflicto. Lo que cambia no es si existen, sino cómo se construyen.

En nuestras formaciones insistimos mucho en una distinción que consideramos clave, y que conviene dejar clara aquí: no todo lo respetuoso es amable. Por eso no nos gusta la etiqueta de «educación amable» para referirnos a este tipo de acompañamiento. Un conflicto, un enfado, no son amables — y aun así pueden ser perfectamente respetuosos, si se respetan los criterios de los que estamos hablando: la construcción progresiva de los límites, la relación de base que los sostiene, todo lo demás. Así son las relaciones sanas: no todo dentro de ellas es bonito ni amable, y eso no las hace menos sanas. Ahora bien, si la cantidad de lo que hacemos que no es amable dentro de una relación es muy alta, ahí sí parece razonable pensar que existe algún problema.

Los límites son un punto fundamental del acompañamiento respetuoso. Pero se construyen de forma progresiva, y siempre apoyados en una relación previa que les da sentido. Sin una relación previa que lo vuelva comprensible, un límite tiene muchas más posibilidades de ser vivido como una imposición que como parte de una dinámica compartida. La relación no hace desaparecer el conflicto, pero modifica el significado que ese conflicto puede adquirir para quienes participan en él.

Un mismo conflicto puede leerse de dos formas completamente distintas según haya o no relación de base: en ausencia de vínculo, se interpreta como imposición de un individuo sobre otro; en presencia de vínculo, es un elemento más dentro de la dinámica de un grupo. El estímulo puede ser idéntico. El significado no lo es.

Esto tampoco es distinto a lo que pasa entre personas: lo mismo que te dice un desconocido y lo mismo que te dice alguien con quien tienes una relación de confianza se recibe de forma completamente diferente. Hay personas que creen poder construir límites sin haberse implicado antes en construir la relación que los sostiene, y ese es precisamente el error que después se le atribuye, injustamente, al concepto de límite en sí mismo.

Esto se ve con especial claridad en dos situaciones. Con un cachorro, que es un bebé, los límites se construyen desde el juego y desde la armonía — no tiene ningún sentido construirlos de forma «militar» en una etapa de vida como esa. Y con un perro recién adoptado tampoco se puede empezar por el límite: el perro todavía no sabe quién eres, no sabe dónde está, no sabe que no quieres hacerle ningún daño, no conoce el entorno. Antes de poder construir un límite hace falta construir la relación; mientras tanto, lo único que corresponde es una buena gestión — estás gestionando, literalmente, a un desconocido, y él te está gestionando a ti de la misma manera.

La pregunta que hay que hacerse antes de castigar

Antes de llegar a un castigo, físico o emocional, la pregunta real es: ¿cuánta progresión le has dado a todo esto? ¿Cuánto has construido la relación y los límites de forma progresiva antes de llegar a este punto? Porque no conviene presentar cada conflicto como un hecho inevitable sin preguntarse antes cuánto de él podía haberse prevenido mediante progresión, gestión y construcción de la relación. No todo conflicto es evitable, pero muchas intervenciones duras aparecen después de haber omitido pasos que habrían reducido su probabilidad o su intensidad.

Hay dos caminos posibles y son estructuralmente distintos. Uno es inundar al perro en una situación que no puede gestionar, para después castigarlo y así reducir, inhibir o eliminar la conducta por la vía del aversivo. El otro es acompañar la personalidad del perro con límites y con gestión del conflicto dentro de la familia, en situaciones que van de menor a mayor importancia, para que el perro se construya como individuo. El primero moldea conducta desde fuera. El segundo construye un individuo desde dentro. Toda convivencia influye desde fuera en algún grado; la diferencia está en si esa influencia busca sobre todo control y eficacia inmediata, o si además deja espacio para que el perro construya recursos propios. Esa segunda trayectoria es, para mí, la correcta.

Lo que una descripción funcional no explica del todo: quién aplica el castigo y desde qué relación

Un análisis conductual puede incluir la identidad de quien actúa, el contexto y la historia de aprendizaje como variables relevantes. Mi objeción no es que no pueda nombrarlas, sino que traducirlas a variables funcionales no explica por completo su significado dentro de la relación. Quién interviene, qué vínculo ha construido y por qué llega a actuar así en ese momento no son detalles accesorios: cambian la experiencia y también lo que esa intervención construye entre ambos. Y ahí hay una pregunta incómoda que hay que poder hacerse: si no he construido los límites de forma progresiva y en un momento dado exploto y castigo, ¿por qué he llegado a explotar? A lo mejor porque tengo una relación difícil con la idea de poner límites, y voy esperando, esperando, esperando, hasta que exploto — y eso es algo mío, que tengo que resolver conmigo mismo. No tiene por qué pagarlo el perro.

Lo mismo pasa cuando se llega al castigo porque algo que hace el perro con otros perros o con otras personas me molesta a mí porque necesito tenerlo todo bajo control. Ahí valdría la pena una introspección honesta: por qué necesito ese control, si viene de una inseguridad propia. Porque un perro es un individuo, y con un individuo no se puede tener todo, siempre, bajo control. Con hijos humanos se ejerce un control intenso, sí, pero durante una temporada corta de la vida. Con los perros se pretende ejercerlo durante toda la vida del animal — cachorro, adolescente, adulto, anciano —, y mantener a un individuo bajo control permanente, en todas las etapas y en todas las situaciones, solo puede significar una cosa: aplastar su personalidad.

No toda reducción de conducta se explica con la palabra castigo

Aquí está, para mí, el punto clave que cambia el paradigma. Es cierto que hay contrastes, microconflictos o conflictos dentro de una relación que no se comprenden adecuadamente si se reducen únicamente a la categoría de castigo: son también elementos de esa relación. Pero hay algo más profundo: el mismo estímulo, con la misma reducción observable de la conducta, puede recibir una misma clasificación funcional y, sin embargo, formar parte de procesos emocionales, cognitivos y relacionales muy distintos, que desde fuera pueden resultar indistinguibles.

Volvamos al ejemplo del grito, pero llevémoslo un paso más allá. Si un perro ha vivido que un tono de voz elevado del referente iba seguido de violencia física, esa voz se ha convertido, como hemos visto, en un castigo condicionado por miedo: el perro deja de hacer la conducta para evitar el dolor que ha aprendido a anticipar. Pero hay perros que nunca han vivido eso, y en ellos el mismo tono de voz, con la misma reducción observable de la conducta, no está operando por miedo. No podemos entrar en su mente, pero mi lectura —a partir de la historia de ese individuo y de la relación construida con él— es otra: reconoce que ese tono aparece cuando hay un problema en la relación, y valora si le compensa mantener la conducta —a costa de crear grietas en el vínculo— o renunciar a ella por el bienestar del grupo familiar. No actúa por miedo. Actúa por relación.

El grito es igual en ambos casos, y en los dos, técnicamente, se cumple la definición operante de castigo: la conducta baja de frecuencia. Ahí está, precisamente, el límite de una lectura exclusivamente funcional: no es que describa mal lo que describe, sino que deja fuera una parte de lo que está ocurriendo. Como la categoría de castigo se define por su efecto sobre la conducta, por sí sola no permite distinguir entre los distintos procesos emocionales, cognitivos y relacionales que pueden acompañar ese efecto: describe una función común —la conducta pierde probabilidad—, pero esa clasificación, por sí sola, no permite comprender por completo los procesos emocionales, cognitivos y relacionales que pueden conducir al mismo resultado observable. No es que la descripción funcional sea falsa: es que se vuelve reductora en cuanto se presenta como explicación completa. Pero para el perro, y para la relación, esa diferencia lo es todo. Esto es precisamente lo que aquellos diseños de laboratorio no estaban construidos para observar, porque el elemento relacional se excluía o quedaba reducido al mínimo. Y es lo que hay que añadir a la lectura de cualquier resultado de refuerzo y castigo en cuanto se trata de un perro que vive en una familia multiespecie: el resultado observable puede ser idéntico y, aun así, formar parte de experiencias y dinámicas relacionales profundamente diferentes. Esto no significa que esos procesos sucedan separados del aprendizaje operante o pavloviano. Significa que su interacción puede producir experiencias y consecuencias relacionales diferentes, aunque la conducta observada reciba la misma clasificación funcional.

Y hay que dar un paso más, aunque cueste, porque tenemos muy arraigada la idea de que en educación canina todo tiene que ser refuerzo o castigo. No es así. Hay situaciones en las que lo que decimos o lo que hacemos no es ni una cosa ni la otra: son comunicación dentro de la relación, exactamente igual que ocurre entre personas. Recordarle a un perro un límite ya construido —algo tan simple como «¿te acuerdas de esto? Ya lo hablamos ayer, sabes que esto me molesta»— es, ante todo, un acto de comunicación dentro de una historia compartida. Si esa intervención resulta contingente a la conducta y reduce su probabilidad futura, el análisis operante podrá clasificar funcionalmente el episodio como castigo. Lo que cuestiono es que esa clasificación explique por sí sola qué ha comprendido el perro, por qué renuncia a la conducta, qué papel cumple el vínculo o qué queda construido para la próxima situación. La etiqueta puede describir el efecto, pero no explicar por completo lo que ha ocurrido.

Una cuestión de elección, no de superioridad técnica

Todo esto habla también de la personalidad de quien acompaña. Se puede elegir llegar al momento de corregir con violencia y con miedo, o se puede elegir construir progresivamente lo que corresponde a cada etapa de vida — como ya hemos dicho, incluso renunciando a poner límites con un perro recién adoptado hasta que exista una relación que los sostenga, y mientras tanto limitándose a una buena gestión. Ambos caminos son posibles. La base funcional no es falsa: las consecuencias influyen en la probabilidad futura de las conductas, también dentro de una relación. Pero reconocer esa influencia no obliga a organizar toda la convivencia alrededor de la administración deliberada de refuerzos y castigos, ni convierte esas categorías en una explicación completa. Quien quiera incluir la relación en el acompañamiento tiene que asumir esta reflexión, y apostar por la progresión, la relación y la construcción del individuo en vez de por la eficacia inmediata de administrar consecuencias.

Conviene además separar dos cosas que suelen mezclarse. Por un lado, existe un conocimiento muy amplio —desde la etología, la biología y la veterinaria— sobre los riesgos y las consecuencias que el uso, y especialmente el abuso, de determinadas formas de castigo puede tener para la relación, la seguridad del individuo y la generación de traumas o microtraumas. Por otro lado, buena parte de las justificaciones que suelen acompañar la defensa de estos métodos — «la madre le da un toque así» , «en la naturaleza se hace así», el mito del alfa— no tienen ningún respaldo científico; de hecho, hay evidencia que las desmiente. Y sin embargo se siguen vendiendo como si fueran datos científicos ciertos.

Cierre: lo que sí se puede pedir

Nadie es nadie para decidir que quien sigue un camino es buena persona y quien sigue otro es mala persona. Y desde luego yo no lo soy: he pasado por el castigo, por crear dolor y miedo, antes de pasar a la educación en positivo y después a la respetuosa, y en el punto en el que estoy hoy todavía me queda mucho por aprender y por hacer para llegar de verdad a lo que es un acompañamiento respetuoso — no siempre siento que lo consigo. Soy el primero que se incluye entre quienes no tienen ningún derecho a juzgar. Si alguien más quiere emitir ese juicio, que lo haga, pero no es ese el tema. El tema es otro: si alguien elige un acompañamiento que incluye dolor, miedo o presión psicológica, lo único que se le puede pedir es que lo asuma como lo que es, sin disfrazarlo ni normalizarlo ni presentarlo como la única forma posible. El castigo se basa en algo no placentero —muchas veces dolor, muchas veces miedo— y eso no se puede esconder. El castigo, en sentido técnico, puede ir desde la simple retirada de algo valioso hasta la intimidación o el dolor, y esas posibilidades no son ni éticamente ni relacionalmente equivalentes — nombrar la función no dice todavía nada sobre cuál de ellas se está usando, ni con qué intensidad. Es una elección personal de un determinado tipo de acompañamiento con los propios perros. Pero no es aceptable, en cambio, sostener esa elección diciendo que quien la critica no ha entendido lo que se está haciendo. La gente entiende perfectamente lo que se está haciendo — y en muchos casos tiene un conocimiento científico y académico más profundo que quien lanza esa acusación. Buscar esa salida no es defender una postura: es disfrazarla para no recibir la etiqueta de maltrato.

Todo cambia, nada es inmutable: las opiniones cambian, la forma de actuar con las personas y con los animales cambia, las éticas cambian. Lo único que se pide es honestidad: que quien actúa de una determinada forma vaya seguro en su camino, sin necesidad de decirle a los demás que no han entendido lo que hace, y que profundice de verdad en lo que está haciendo y en las conclusiones a las que llega — esas conclusiones son suyas. Y que cada uno tenga derecho a observar desde fuera y a tener su propia opinión, sin que tenga que coincidir con la de quien está haciendo lo que está haciendo. Al final, no sabemos con certeza quién tiene la razón; lo que sí sabemos siempre es qué estamos haciendo, qué estamos aplicando, y en qué ética nos reconocemos. Y eso no se puede tener de las dos maneras a la vez: no se puede usar violencia, en mayor o menor cantidad, y al mismo tiempo pretender que te vean como una persona no violenta. Una acción no define a una persona entera, pero tampoco desaparece porque se prefiera describirla de otro modo.

Y aquí conviene decir algo más, porque muchas de estas confrontaciones terminan siendo bastante estériles: no son debates, son enfrentamientos entre categorías enteras —la educación respetuosa contra el adiestramiento, por ejemplo— como si dentro de cada categoría todo fuera igual de bueno o de malo. Eso es imposible de sostener. Puedo no compartir un acompañamiento basado en adiestramiento, y aun así reconocer que no todo adiestramiento es maltrato. Y al revés: que alguien se llame a sí mismo respetuoso no significa que lo sea. Que cada uno mire lo suyo con honestidad, y que cada escuela o formación aclare, dentro de sus propias filas, lo que considere necesario aclarar. Lo que sí tiene que quedar muy claro es la línea entre maltrato y no maltrato, entre violencia y no violencia — dentro de esa distinción, cada situación concreta merece evaluarse por lo que es, no por los sesgos que cada uno arrastra hacia una categoría entera.

Y hay que decirlo con la misma honestidad: ¿quién de nosotros no ha aplicado, en un momento concreto, un castigo para frenar una conducta que le pilló desprevenido? Estas cosas pasan; nuestra gestión emocional tampoco puede ser siempre perfecta. Pero de ahí a sostener que el acompañamiento de nuestro perro se tiene que basar, como principio, en el refuerzo y el castigo hay un abismo. Son dos cosas completamente distintas: un lapso puntual dentro de una relación que, en conjunto, se construye de otra manera, no es lo mismo que convertir ese lapso en la filosofía entera del acompañamiento. Lo importante es que cada uno elija el camino que más le resuene, sabiendo que existen varias alternativas — que no hay una sola, como a veces parece que tenemos que pensar.

Y quiero decirlo yo mismo, en primera persona, porque también esto forma parte de la honestidad de la que hablo: si algún día, muy distante de lo que pienso hoy, llegara a la conclusión de que no hay forma de que los perros encajen en nuestra sociedad sin que su educación incluya castigos aversivos —dolor o miedo—, mi posición sería muy clara: no habría que vivir con perros. Y yo no viviría con perros.

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